2010/02/28

MARIA EUGENIA ARRIA




CON LA MANO DE DIOS

No es fácil atajarla, quizá porque encuentra en su historia un desahogo angustioso apremiado por los compromisos y la hora. Aún así es capaz de pintarle a uno un cuadro en la memoria mientras habla. Un cuadro en el que como cualquier otro de los suyos hace entrega de una a una de sus vísceras para que sean devoradas por el mundo del arte y sus entornos. María Eugenia Arria pudo decir en un momento dado: “Ya no puedo más”, y quedarse suspendida como una libélula, allí, viva, respirando sin poder desprenderse de la angustia que refleja el creador, hasta que dice cualquier otra cosa vuelta texto, letra, gesto dirigido hacia el que de ella aprende. Capaz que no muy conscientes de la suerte de tenerla enfrente, enseñando, desatada en sus conocimientos y en sus reflexiones.
“Nací en Caracas, mi mamá es Ligia Nucete, hija de Nucete Sardi, el historiador, escritor con el cual viví muchos años y mi papá es Edgardo Arria. Todos eran merideños. A los 12 años me fui a vivir con mi abuelo hasta que él murió en el año 72. Mis padres estaban separados. El abuelo influyó mucho, fue el que me apoyó. Me contaba cuentos porque siempre me alentó que fuera lo que quería ser. Estaba convencido de que yo quería hacer esto, estaba cercana a él en cierto modo porque él escribía y yo estaba mucho en la biblioteca mientras trabajaba. En esa época, yo fumaba y el se ponía furioso, porque era muy furioso, pero yo lo quería muchísimo”.
Sin abandonar el atropello del cual está siendo víctima, pierde la vista buscando en los rincones una respuesta. Tal vez detenida en una partícula de polvo que yo no soy capaz de ver y dice no encontrar diferencia. Los niños son los niños y todos, sin excepción, sueñan con ser.
“Uno siente que quiere ser algo, hay gente que quiere ser cantante, bombero, mi hermanito quería ser astronauta. Mi papá dice que yo dibujaba pequeña, pero yo no me acuerdo mucho. Sin embargo sí hay cosas que se quedan. Hace poco me acordé de una vieja casa en El Paraíso. Mi papá viajaba mucho, trabajaba por Delta Amacuro, iba y venía y yo casi ni lo conocía. Recuerdo una imagen, lo vi frente a la puerta que era como un umbral de luz de las tres de la tarde, una luz muy fuerte y una perra al lado, un pastor belga, y me acordaba de aquello y me dije, oye, de allí viene el umbral de luz”.
La María de nuestra historia se desata entre lo inexplicable y el amor que tiene por los animales. Puerta abierta al que encuentra en medio de la calle y al que da cobijo, consciente de que no se le pide nada a cambio. Es así como continúa con una historia que obviamente no es tropiezo como podrían volverse tantas cosas, sino que es sentimiento puro. Se le nota, aunque de vez en cuando nos niegue la mirada.
“Estando en bachillerato, mi abuelo estaba en Bélgica porque era embajador y me dijo: ‘Hija, vente’, pero yo contesté que me dejara terminar. Cuando salí del bachillerato entré en la Escuela de Artes Plásticas y en la Escuela de Letras que era lo más cercano, porque no había una escuela superior de arte. También estudiaba danza con Hercilia López, lo cual comencé siendo mayor porque ya tenía 14 años”.
Eugenia, con esa referencia en femenino del tesoro que significa la mente, con ese compromiso ya impuesto por otros cuando nos eligen el nombre, transita los años con una inquietud a cuestas. Una inquietud vuelta pura percepción, pura sabiduría y el amor desinteresado que termina desprendiéndose del entorno. La diferencia en esa edad es que se empieza a decidir, con aciertos y desaciertos, arropados muchas veces por los temores que Ucab. Un tío mío que era un gran coleccionista pero era especialista en derecho laboral se empeñaba en eso y yo le dije: ‘Está bien te complazco’, pero qué va, corría el año 1973 y yo lo que quería era ir a Polonia a estudiar gráfica. En esa época yo era de izquierda, bueno, era una época en que se podía ser de izquierda, ahora no”.
Ella lo dice así, no con la voz baja de cuando se tiene miedo a disentir. Lo dice segura mientras se descubría diferente. Lo repite estirándonos, haciéndose líneas indefinidas que en medio de complacencias buscaba su verdad, en una lucha por dejar lo etéreo en el rincón de los juguetes.
“Yo estaba tan decidida a irme a Polonia que solicité una beca, pero estaba clara en que si no me la daban era capaz de irme en la maleta de alguien. Yo estaba de vacaciones y llamaron a mi mamá para ver si ella pagaba el seguro, aquello era una sorpresa. Significaba irme cuatro años a Varsovia y mi mamá dijo que ella no pagaba nada”.
Comienza así el riesgo que implica toda búsqueda, mientras la maleta en un rincón esperaba su alimento.
“Decidí que me iba a como diera lugar. Se hizo una reunión familiar y mi mamá que siempre había trabajado para darnos las cosas, somos cuatro, me dijo que me ayudarían por dos años y que después tenía que ver cómo iba a hacer, pero que me iban a mandar a Londres. Estuve un año allá pero no logré entrar en la escuela, y me fui feliz a Paris”.
El viaje se hará eterno. Como eterna será la obra. Una melancolía por lo que se deja que se hace alimento, mientras se respira cada partícula de cada nuevo espacio. Se ata María Eugenia, con el ir y venir que es la pintura misma, mientras su espíritu de ave independiente se vuelve pura fibra enredado en cuanto pretexto encuentra.
“Allá me aceptaron en la École Nationale Supérieure des Arts Décoratifs. Yo había hecho mi alianza francesa, sabía el francés aunque nadie me entendía porque mi acento era pésimo. Comencé la escuela y cuando me dieron vacaciones en agosto me vine. Era la época de las becas del Conac y eso era lo que venía a buscar para terminar mi escuela porque me faltaban tres años. Hice una especialidad en grabado porque pensaba que con eso iba a aprender una técnica de la cual yo podría vivir más que de la pintura. Hice grabado muchos años y después no lo hice más”.

La palabra… La imagen… La palabra
“Terminé mis estudios, muy influenciada por el asunto literario, hice la tesis sobre Cortázar, los textos de él me encantaban. Hay varias cosas en las obras que comienzo a trabajar en el año 1980. Hay mujeres amarradas, que salen de una imagen de Cortázar. La imagen de un hombre que quiere sacarse un suéter y no lo logra; después comienzo con la idea de las personas que están como envueltas, saco fotos, las saco de los contactos y salen más abstractas, después más figurativas y después cada vez más abstractas como la forma de expresar aquello que se siente”.
Esas imágenes de las que ella se amarra parecen surgir de sus rincones más profundos, capturadas tal vez por las noches de insomnio en que uno se puede perder entre las líneas de un escritor, que sin saber por qué se nos vuelve tan cercano. Quizás ella no lo sepa o tal vez lo tenga demasiado claro, pero mientras más se le escucha, más pudiera estar el reconocido escritor hablando por los dos. Cortázar se describe: “Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra ‘madre’ era la palabra ‘madre’ y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto ‘mesa’ y en la palabra ‘madre’ empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba." ¿Y será acaso que a ésta pintora no le sucedía lo mismo?
“Hice una obra en esa época que después no mostré más. Me quise quedar en Francia para prepararme a nivel teórico porque yo sentía que era la forma de complementar mis estudios; fui a ver si entraba en la Escuela de Altos Estudios de las Ciencias Sociales, después entré en teoría e historia del arte. Para hacer estos estudios pedí una beca del Mariscal de Ayacucho pero al mismo tiempo me dieron la Cité des Arts durante dos años. Me quedé en la Cité porque alquilaba un espacio en el salón de escultura donde estuve hasta 1984 y de allí fue que salieron los grandes dibujos de los años 80”.
Apoyada en su voz ronca continúa la historia, en su voz que parece recorrer su cuerpo de palmo a palmo en una vibración eterna. Nota a punto de estallar como debe fragmentarse el universo en su espíritu para volverse pura imagen. La tensión de la cuerda se desprende de su cuerpo, como que si se estuviera exprimiendo, para recordar y atajar de nuevo cada detalle de su vida. Una risa gutural puede asomar en medio de la tensión que reflejan sus músculos, mientras busca entre tantos recuerdos, entonces se le caen unos veinte años de encima y queda allí al descubierto, ser humano, divertida.
“En el año 1982 yo me encontraba entre puros hombres, qué duro, qué fastidio, la competencia. Lamentablemente tienes que aprender a competir. Los franceses me enseñaron a competir, entonces estaba muy cansada y muy deprimida. Me deprimí mucho”.
La palabra depresión detona una alarma. Una especie de azulados que a brochazos deja sus huellas en tantas otras cosas que nos dice, porque hay quien borda sus tristezas con las lágrimas y hay quien las tiñe de pigmentos.
“En el año 1984 tengo que elaborar mi tesis y eso de escribir me costaba mucho. Ese momento coincidió con que había tomado la decisión de mudarme a Basilea. Tenía un compañero suizo, me interesaba Alemania y a la vez pensaba que París ya no me iba a dar mucho. Me fui a Basel y fue un gran cambio. Era una ciudad pequeña, otro contexto, otra lengua, otra cosa. Fue muy difícil, para vivir era muy difícil, porque los dos éramos artistas”.
El azul comienza a mezclarse entonces con esa luz tan mediterránea que comienza a apoderarse de todo. Amor en la maleta, envuelto entre lienzos y pinceles. Confundido a veces de tropiezos tan parecidos en un espacio humano como en el otro, pero tan presente como para recorrer miles de kilómetros y emprender una nueva aventura que pretende llevarse por delante la vieja vida.
Tuve trabajos terribles en Basel, había trabajado en un café. Para ese momento había hecho un curso de alemán. Ellos me habían pagado el curso porque era esposa de un suizo, les dije o me dan un trabajo de acuerdo a mi nivel o me voy a morir. O me van a tener que dar de por vida la pensión de loca. Entonces me preguntaron qué quería y yo contesté que trabajar en la biblioteca. Me mandaron por casualidad al Museo del Folklore a hablar con el director. Él me dijo que no sabía cómo ayudarme porque no tenía trabajo y me habla de una señora a quien yo conocía. Era una amiga, antropóloga que se la pasaba en Latinoamérica y que venía mucho a Venezuela. Fui y le dije que me decían que ella tenía trabajo para mí, a lo que ella me contestó: ‘Cómo no, me vas a acomodar todas las fotografías que tengo’. Eso me permitió comenzar a tomar notas de arqueología, antropología. Estuve ocho meses en el Museo de Etnología y visitaba mucho los depósitos de Oceanía, de Latinoamérica. Tienen cosas maravillosas de nosotros. Eso me permitía trabajar en mi taller en la tarde. Tomaba notas de todo lo que había en esos depósitos, de allí salieron muchos cuadros y claro, eso fue como el antecedente para lo de Egipto”.
En esa nueva búsqueda el espacio es la base. Así como el hacer necesita referencias. María Eugenia buscaba al tiempo, la inspiración, el alimento y la tierra firme donde clavar su bandera.
“En Basel logramos algo muy importante, hicimos una asociación y el Estado y otras asociaciones nos dieron para crear nuestros talleres. Alquilamos como una vieja fábrica en el Pequeño Basel, donde viven los turcos, los emigrantes, donde están las fábricas y dividimos los espacios. Éramos como veintidós artistas de los cuales sólo habíamos dos mujeres, una italiana y yo. Era un espacio maravilloso”.
María Eugenia trabaja sin parar, su psiquis descarga con la perfección más absoluta de quien sabe hacia dónde dirige su andanada. Carboncillo, mina de plomo o pastel forman parte de sus adminículos.
“En la obra que realizo en esta época hay muchos óvalos, es la fertilidad, la mujer, la feminidad. Después hubo el óvalo destruido; también hay lo de los torbellinos, lo de los barcos. Yo me quería venir a Venezuela en barco, me parecía tan romántico. Luego de todo esto se termina el dibujo y hago una línea en movimiento. Aparece la pintura al óleo, comienzo a trabajar con pintura, porque yo antes no quería el óleo, me parecía que era antiacadémico. No me gustaba cómo me salía ni nada”.
Allí estaba cada lienzo, esperando su enamoramiento para tragársela en el momento más oportuno. Lo que no sabía aquella tela fuerte y casi blanca era que había una resistencia. El color estaba allí, generándole a una mujer temerosa total indefensión ante el experimento.
“Yo tenía horror al color. Fueron muy oscuros todos esos cuadros y después, un cuadro que es antecedente de toda esa obra de Egipto que es el Rey sol. En ese cuadro todavía se ve el asunto gestual en la materia, en cambio en los otros la materia está fundida. El color está fundido y lo que hay es la vibración, todo el resto, toda la estructura, porque hay una estructura interior que está velada, de donde parto, mi boceto, mi idea”.
Nuestra artista estaba allí en la lucha constante de quien busca la libertad en lo que hace. Con un acrílico que no le producía el gozo deseado. Al final del acto, no estaba satisfecha.
“En abril de 1988 había un intercambio entre artistas suizos y egipcios. Me fui a Egipto seis semanas que fueron de un intenso maravilloso. Pude tomar muchas notas que me dieron todos los umbrales. Ya en Egipto hago una serie sobre la diosa de la fertilidad, porque había visitado un templo de Abu Simbel. Esos templos fueron levantados por la Unesco y llevados a ese sitio donde están ahorita. Eso es muy especial porque conservan todo intacto. El centro de operaciones era El Cairo, luego Alejandría, estábamos fuera, a veinte kilómetros, en un sitio que nos había permitido un señor. Un sitio que estaba construyendo, que era como una especie de hotel cerca del mar pero no había nada. Allí pude realizar la serie sobre papel. De allí nos fuimos a Assuan y nos quedamos diez días”.
Finalmente cae todo el color del universo en sus manos para recibir la forma adecuada. Los mitos se entremezclan y en extraña conjunción desatan toda la expresividad necesaria.
“Cuando viajo, más que tomar fotografías, dibujo. Es un asunto de la memoria visual. El dibujo se te queda para toda la vida, es imposible de olvidar. Yo sentía realmente esa cosa de los sacrificios de animales que hubo allí. Era muy fuerte, es más, me quedé mucho tiempo y visité muchos sitios. Visité también Sakara cerca de El Cairo, que la reconstruyó un arquitecto francés Philip Saver, que es un sitio maravilloso de donde también saqué unos cuadros. Llegando a Alejandría, me di cuenta de que todo se me iba, no había forma, era puro color. Se veía algo atrás que estaba allí, algo hacía referencia a lo que yo había hecho”.


La mirada mía es de otro
La historia diluye toda su carga hacia un torbellino que habla por sí solo, mientras sus ojos se mueven de lado a lado como un lente inquisidor, dispuesto a capturarlo todo. Seguramente después de extraerle a la vida cada signo, cada símbolo, el torbellino los tritura en su torrente sanguíneo hasta convertirlos en diminutas partículas que se alojan en su cerebro. He que allí en sucesivas explosiones vuelven a deslizarse por su cuerpo, apoderándose por completo de sus manos y de sus ojos. El lienzo enfrente, majestuoso, indescriptiblemente victimizado a priori por los minúsculos espacios contemporáneos, espera abierto. Preparado para ser poseído, mientras ella vuelta óleo completa, comienza a restregarse sobre él con las sinuosidades y candideces del desierto entero.
“Yo veo líneas, espacios. El pintor ve quizá de una cierta manera. A lo mejor lo ves diferente. Quizá ves más los colores. No es que vea más o menos que el otro, sino de otra manera. Dice una frase que el pintor se apropia del mundo a través de la pintura o del dibujo. Quizás de una cosa muy sutil, muy efímera, uno está pintando esa luz. Recuerdo que cuando regresé a Basel, un escritor me prestó un cuartito por los días en que iba a estar allí. Tenía que pintar un cuadro y yo no estaba muy contenta con él, me levanté al alba antes de que amaneciera. En Basel, hay un color maravilloso en septiembre. El cuadro quedó completamente cambiado con el color de ese cielo”.
Su mirada entera es su mirada, hasta que es capaz de capturar el espacio, el momento todo que se vuelve de otro.
“Uno se mete. Yo me quedo pegada, normalmente como a un ritmo. Me he dado cuenta con esta pausa que la pintura es una pasión, entonces, yo no sé si la decisión mía de pintar es por razón o también por pasión. Creo que esto va junto y te quedas allí porque es como que te está pidiendo que tú le des y le tienes que seguir dando. El dibujo es diferente porque para mí es un solo trazo, ahí no puede haber otra cosa, lo que está, está”.
De tanto libro, de tanto mundo, de tanta nota, extrae la carne más pura de la historia y se dedica a diseccionarla para dejarla a cargo de las líneas más elementales y así repite el procedimiento de lo que ve a su alrededor, de lo que fotografía en su mente, para siempre, dejando de testigo el papel que tiene a mano.
“Yo tomo las notas, las veo cuando tengo un lienzo en blanco. Extraigo algo de esas notas. Abro una pequeña referencia con el carboncillo. Yo siempre empiezo por el borde y después comienzo a darle a todo el plano y luego voy como llegando al centro de ese plano. En la pintura hay proceso, hay cambio, pero a veces ya no puedes darle más tampoco. Te tienes que parar, cuando te das cuenta de que no le estás dando al cuadro lo que él necesita, sino lo que tú quieres. No es lo que tú le quieres dar. Él empieza a dialogar y tú tienes que responder. A mí me puede encantar ponerle una raya y resulta que eso no funciona. Ahí está el asunto de la razón, la pintura tiene una vida propia y eso es lo más difícil. Por eso es tan difícil hacer otra cosa. Es que esto es como un parto, bueno yo no he tenido un parto, pero tuve partos de exposiciones, sí, creo que sí, que ese fue un parto”.
Como sucede con todo artista, María Eugenia pareciera especialmente ser dueña sempiterna de una piel camaleónica, que le permite transmutarse de momia en caída de agua, de pirámide en tepuy y es como que si las texturas y el grito interno de cada espacio majestuoso del planeta la amarrara para convertirla a su vereda en una fuente de eternidad.

De regreso en regreso
Como tantas aves, como una tortuga, como la vida misma que hay quien dice que sale de la tierra y a la tierra vuelve, tanta inquietud no podía quedarse desprendida de un horizonte que aguardaba al otro lado del Atlántico.
“En septiembre hice como una pausa porque yo no había vuelto para acá. Había decidido mi regreso porque necesitaba buscar mis orígenes. Me podía quedar y no volver, porque sentía como que no pertenecía a ninguna parte. Pertenecía a allá pero no era de allá, pertenecía a aquí. Me sentía súper bien en París pero tampoco era francesa, tenía un pasaporte suizo. No era de ninguna parte y era de todas. Además tenía cuatro años sin ver a mi familia. Coincidió esta vuelta con una exposición en la Sala Mendoza. Me vine para ver cómo me sentía, para ver si decidía venirme o no”.
Los orígenes llaman y como voces sempiternas están ahí, atrás había quedado un óvalo rojo destruido, la búsqueda de la tierra llegaría hasta Paria para quien se enreda enamorándose del pigmento.
“Cuando regreso comienzo a trabajar con toda esa memoria que tengo. Había hecho los grandes formatos, que me habían costado mucho. Estaban presentes la mitología egipcia y la mitología de diferentes partes. Siempre me interesó el mito como asunto iniciativo, lo más primitivo y religioso del hombre, en contacto con lo que no sabemos. Cuando llegué lo primero que vi en la biblioteca de mi abuelo fue un libro que se llamaba Oh Egipto de Eca De Queirós. Yo sentí que mi abuelo me estaba mandando una señal, entonces hice un enorme cuadro que era un homenaje a él. Ese cuadro fue expuesto en la Galería de Arte Nacional. Me apoyé en la frase de Queirós ‘Inmenso, cubierto de luz’ lo hice pensando en el desierto, en el trayecto que hice de Assuan a Abu Simbel. También de eso tenía conmigo muchos dibujos, algunos accidentes de avión. Comencé a dar clases, yo no me sentía preparada ni capaz para eso, ahora me doy cuenta de que como que sí estoy y, además, de que lo disfruto mucho. En esa época comencé las clases en la Newman, hice algunos trabajos. Comencé a meter elementos en materia, pero no me interesó. Me quedé diez meses”.
Cada paisaje le pertenece porque se ha enraizado en su memoria, ya casi sin horizontes definidos para que el viaje de un lugar a otro sea mucho menos que un viaje. Convertido todo en invitación a vivir la vida, se trate de un continente o de otro.
“Ya era 1989 y regreso a Basel. Volví allá a trabajar en un museo, en otro archivo. Realicé un seminario de egiptología y entonces eso me permitió tomar muchas notas. Mi alemán era muy malo, todavía es, me gustaría aprenderlo mejor.
Tomaba notas de lo que pasaba y de lo que explicaba un profesor que era una eminencia”.
Hay un elemento contundente en María Eugenia Arria, una búsqueda eterna que no cesa en las páginas de un libro, que no cesa en el paisaje que la mira como invitándola a que lo posea…
“Regresé a Venezuela en 1990 con mucho esfuerzo, no tenía cómo regresarme. Cuando decido venirme yo no podía pagar todo y tenía que traerme muchos libros, mucha obra. Tuve la suerte de que conseguí una amiga que visitaba a un amigo que trabajaba en la OIT. Le dijo: ‘Venezuela tiene un programa para retorno de personal calificado de América Latina, dile a ella que aplique’. Así fue, me pagaron el pasaje, me dieron un dinero con el cual pagué el traer algunas cosas. Con mis ahorros pude pagar el viaje de toda la obra, que venía como en dos sarcófagos. Todo lo de papel venía en avión y lo otro venía en barco. Regresé a la casa del abuelo, todavía mi mamá vivía allí”.
Y poseída se trae con ella un largo proceso. Se trae a Egipto entero con toda su luz a cuestas. Se trae otro espacio y otros tiempos.
“Es justamente en el año 1991, cuando hice una exposición en el Museo Soto con trabajos de Egipto. Trabajé con todas las notas tomadas en el seminario. Esa exposición iba después al Narváez y algunos cuadros decidí que me los iba a llevar a Basilea”.
¿Y quién podía, si no era ella, llevar distintos pedazos del mundo de un lado a otro? Tal como que si fuera el creador, recomponiendo un rompecabezas.
“Estaba negada a regresar a Basilea porque había sido muy duro. Me había separado, pero tenía que regresar porque un crítico me había propuesto realizar una exposición, en el año 1991, que era importante para mí. Era importante un buen catálogo. Así que me fui a Francia y pedí un taller en la Cité d’Art porque una vez que estás inscrito allí uno de por vida puede pedir un taller. Si ellos tienen la posibilidad, te lo dan. Fue muy lindo porque tenía programado ir por tres meses y me lo dieron justo por ese tiempo. Fue como que si nunca me hubiera ido. Encontré compañeros que no veía desde hacía más de diez años, mis compañeros de la escuela. Cada vez que me tenía que ir me decían que todavía no llegaba el otro artista y que me podía quedar. Así me fui quedando y finalmente estuve allí desde junio hasta diciembre. Tenía que dejar la obra en Basel, mi ex marido se iba a ocupar del catálogo y todo.
Cuando se me da la exposición en Basilea invito al profesor de egiptología. Él no sabía que yo había ido a su clase. Fue muy lindo. Esa exposición quedó muy bella. Después visité a mi profesor de teoría del arte, quien me preguntó: ‘¿Dónde está la estructura? La perdió’. Claro, él se había quedado en el asunto de las mujeres. Esa obra le había gustado”.
Ella no podría expresarse de otra manera, mientras busca de forma constante una libertad que le sirve de conexión entre su alma y el alma del que observa su obra. Comenzaría una nueva etapa porque, además, se trata de eso, de un comienzo eterno que es cada vez más intenso.

De la naturaleza al alma
“En esa época descubro en París la meditación Zen y comienzo a tomar muchas notas. Allí comienza toda una serie de cuadros con la vibración. Empecé a fundir el color de modo que se producían vibraciones de color”.
Bodhidharma podía estar viendo frente a aquel acantilado, donde se detuvo durante meses, lo que obviamente otros no miraban. Seguramente ni la vista ni las sensaciones de ese monje budista que da origen al Zen en China, se dirigían hacia afuera. Por el contrario buscaba los nudos de su espíritu que comenzó a desatar uno a uno para tener qué entregar a sus alumnos.
“Comienza una nueva producción de obras. Hice dos, llamadas puertas solares. Pensando en ese asunto de la respiración. Aquí yo había hecho una puerta solar. Una obra que considero bien importante. Divido el plano, con una franja vertical en el medio, su origen está en un texto de las tumbas védicas. Las tumbas eran piedras superpuestas con un hueco en el medio por el cual pasaban los ángeles de un espacio al otro. Me parecía tan poético aquello. Ese cuadro siempre lo he tenido yo, son dos franjas amarillas con una franja azul. Ese azul me encantaba trabajarlo, se llama azul charonne. Un azul que producen los franceses que es precioso y que se come todos los colores, pero resulta que el amarillo cromo no se lo come. Yo intuitivamente lo hice, pues trabajé toda mi vida con la intuición y la imaginación. No es que no trabajara con la razón, porque sino no hubiera hecho las cosas que he hecho”.
Al igual que al gran maestro. Así mismo le ocurre a ella en su cercanía al yoga, se revisa, se limpia, se purifica, para aceptar luego las angustias que le produce permitir a la imagen elegida que se posesione de todo su cuerpo. Ese encuentro lleva del borde de la vida al abismo de la muerte, de forma sucesiva, de lo explicado a lo inexplicable, de lo desconocido a lo conocido, vuelta la vida una búsqueda eterna.
Empecé a buscar la estructura que ya había buscado en la arquitectura egipcia, en los templos mayas. Allí salió una serie sobre Los Mayas. Estaba en París buscando eso. Creo que siempre es así, yo trabajo a la distancia, veo el cuadro de lejos. En la Cité yo tenía un sitio con una gran ventaja, desde cualquier lugar del galpón podía ver toda la obra. Tenía la distancia y no me molestaban los otros, era un galpón colectivo, de esculturas. Yo podía estar toda una semana viendo los papeles en blanco, para darle, para lograr tener la fuerza y la decisión y poder darle donde le tenía que dar. Intervenir el plano. Esa distancia es con todo, es como que si de pronto uno ve por un huequito de la ventana, o ve la montaña, ve el Ávila, pero tienes que verlo así como con el rabo del ojo, para poder entenderlo”.
Isla de Philae, Luxor, Bretagne, Pors Aven, Quincampoix. Esos lugares están allí, en cualquier lado del planeta. En el lado mágico. Paimpol, Ticino, Alejandría, París, Basilea, La Gran Sabana. En el lado donde no hay tiempo para nada, porque hay tanto y María Eugenia llega allí y los sintetiza, con la fuerza que da la autoridad de espíritu comprometido.
“En el año 93 hacemos un viaje que se llamaba Del sur al sur. Nos llevaba Tahía Rivero a Argentina. Éramos varios artistas. Entre ellos estaba Félix Perdomo, Pedro Tagliafico, Roberto Obregón, etc. Hicimos una exposición en la Sala Nacional. La misma exposición fue a Chile. Viajo en una segunda oportunidad a Chile y como no llegaban los cuadros, no me quedó otro remedio, que pintar una pared. Yo había dibujado la cordillera en el trayecto del avión. Es un libro de la cordillera que yo después expuse en la GAN. Ese libro me sirvió para hacer ese dibujo en la exposición”.
Nuestro viaje se produce, se producirá, a través de sus manos y de su mirada, con el tiempo iracundo que trata de arrebatarnos lo que hemos descubierto, mientras nos posee su concepto.

El encierro… El aire
“A mi regreso de Chile, estoy empezando mi trabajo para ir a la exposición del Museo de Bellas Artes que sería en septiembre de 1994. En ese momento estoy en un apartamento muy bueno de La Florida, tenía ventilación, pero yo me tengo que encerrar. Me encerré y salía cada cuatro días. Cuando compraba comida veía a la gente y me volvía a encerrar. Empecé a producir cuadros pero no los terminaba. Estaban Los tepuyes, lo de la Meditación Zen. Hubo un trabajo sobre las galerías arcaicas de Palenque. Metí en esa exposición un trabajo con una columna que es más bien de Egipto”.
Allí está toda una angustia que se vuelve proceso, se vuelve encuentro y desencuentro. La angustia es como un círculo que se repite de forma constante, pero que cierra y cierra. Aprisiona lentamente y finalmente comienza su proceso de ahogo.
Recuerdo que la curadora era Catherine Chacón quien ahora es la directora del Museo Alejandro Otero. Ella venía a verme y se dio cuenta de que algo pasaba. Yo le decía: ‘Catherine, no vengas que no tengo nada terminado’. Hice un cuadro a la virgen porque me tomaba las aguas marianas. Bueno, yo tenía todo un ritual antes de empezar a trabajar, hacia yoga, hacía meditación, pero también tenía que hacer yoga después. Me ponía una mascara para trabajar pero me di cuenta que también con ella me ahogaba. Me ahogaba más, era una cosa insoportable y entonces me di cuenta que me había puesto alérgica. Me volví alérgica al óleo y eso me cambió mi vida. No soporto la trementina. Como trabajaba con esos grandes formatos trabajaba como una loca, fijaba con un compresor, respiraba lo que preparaba, fumaba, en fin. Además, cuando se me metía el sol, me asfixiaba más”.
Hay una asfixia que amarra, porque la búsqueda del aire amarra con la fuerza inusitada de quien siente, a ratos, que en un descuido se le puede ir la vida. Algo pasa y nunca se sabe a ciencia cierta qué es lo que pasa. La artista se mueve, camina y recamina el espacio que la atrapa y además, ella es puro rito, buscando el orden en sí misma. En ese orden llega el momento de lo inexplicable, de la confusión de ideas. De las líneas mezcladas con un círculo ajeno que se difumina y no acaba. Angustia pura. Sin alcanzar nada más que la nada en medio de los ojos escrutadores que están a la espera, haciendo la presión obligada.
“Se me dio lo del año 1994 en el museo que eran los templos Mayas. Había una parte que tenía reminiscencia de Egipto. Tomé la idea de los tepuyes, sobre la idea de las caídas de agua, de lo que era la idea de la montaña misma, sin haber ido a la Gran Sabana. Después fui y nada que ver, pero parece que uno siente esos tepuyes. A lo mejor fue bueno no verlos antes porque quizá el trabajo hubiera sido demasiado narrativo y eso es lo que no me gusta. Yo prefiero tomar algo, retomarlo y finalmente queda lo que quedaba ahí. Lo mismo me pasaba con el color, de pronto le daba, le daba y finalmente quedaba, lo que quedaba allí. Eliminaba, siempre iba como eliminando, trabajaba fresco, con el óleo”.
La verdadera angustia vendría después. Allí en medio de la ruptura con los olores, en medio de la pelea con el sol que en lugar de dar, quitaba. Y en ese mismo instante, como que si fuera poco, sus pies se posan violentamente en una realidad ineludible, que la confronta. Afuera no hay mucho que buscar. Cada quien desde su propio mundo parece ignorar el mundo del otro. Una palabra basta, un gesto puede ser suficiente para aplastar el espíritu ya debilitado, al punto que éste busca trasmutarse.
“Me mudé a una casa maravillosa. Podía ver los cuadros grandísimos y todo, pero no tenía dinero. En esa casa no vendí nada. Empecé a hacer una clase, pero lo que ganaba en la clase lo gastaba pagando alquileres. Lo más importante que hice en esa casa fue un trabajo sobre Takemitsu, un compositor japonés que ha hecho música para las películas de Kurosawa. Con el tiempo fui trabajando con esta música y para mi gran sorpresa pude entender que el significado de la palabra denota ciertas características de mi trabajo. Take indica línea y mitsu significa vacío.
Este trabajo me llevó a otra parte como lo fue la instalación que hice en la GAN con acero inoxidable. Ese encuentro con esa música fue por casualidad, porque me fue a visitar un coleccionista de música y me dijo: ‘Yo te voy a dejar esta música para que tú la escuches’, hasta que salió una obra que era carboncillo sobre tela. Muy concreta. Con fuertes líneas horizontales y verticales. Allí comienzo a trabajar y me digo: ‘Cónchale, aquí hay un trabajo que no es pintura precisamente. Necesito más espacio’. Entonces, me cambié a un apartamento en Sebucán en el que estaba más o menos cómoda y pude participar, en el año 1998, en una exposición del cacao que hago en Aragua”.
El ahogo presente en el cuerpo. La danza acompañada del pincel y de todos los colores con que se dibujan los ritos, se vuelven también lucha constante con el espacio. Ya nada es suficiente y la ausencia apremia. Tal vez era un juego del destino para recortarle un poco las alas. Y es que libre como estaba, si las alas le seguían creciendo podría perderse hasta de ella misma.
“En 1996 comencé clases de arquitectura en la Simón Bolívar y entonces, ellos como que no entendían mucho lo que yo había hecho. Hubo que llamar a la Embajada de Francia para que dijeran que la escuela donde estudié era a nivel superior, de licenciatura. Como no había entregado la tesis, llamé al profesor y le dije: ‘¿Usted cree que después de quince años yo pueda hacer esa tesis?’. Y la mandé. Con lo cual tenía doble licenciatura. Lo que yo quería hacer al tener la licenciatura era un postgrado en filosofía del cual me habían hablado mucho”.
Pero hay quien dice que mientras uno más se acerca a la realidad, más quiere saber el origen de todo. En esa cercanía constante a lo que está allí descubre que había estado rozando levemente lo que significaba la estructura de las artes plásticas en su país. Aun cuando ya se habían realizado con éxito otras muestras.
“En el 97 yo le había escrito a la GAN sobre un proyecto y la GAN me contestó que no había posibilidades por problemas de presupuesto. Después ellos se dieron cuenta de que no les iba a acarrear costos, porque la obra estaba hecha. No había que montarla porque no iba con montura. Era un sistema de pegado con cierre mágico y papel japonés y la otra obra ya estaba montada. La obra de papel pequeña se podía montar con cosas que ellos reciclaban, de hecho las tenían para practicar. El no tener grandes costos, ayudó. Finalmente, cuando se decide hacer la exposición en el año 1999, lo que les costó a ellos fue el catálogo. Creo que también había gente que apreciaba el trabajo mío. Era una cuestión diferente de lo que yo había hecho en Bellas Artes. Era como unir las dos cosas, el dibujo y la pintura y tenía la instalación. Todo era el resultado de diecinueve años de trabajo”.
No se habla de dos días. No se escribe de quien apenas comienza llena de esperanzas dispuesta a agarrarlo todo en el aire para ir construyendo una capilla donde ser venerada. Se habla de quien se había ganado a pulso un espacio que nos representaba a todos, porque el espacio es de todos.
“Era una exposición muy importante, eran cuatro salas con la recopilación de todo el trabajo gráfico, del trabajo pictórico, de los cuadernos de notas y del proceso entre el dibujo y la pintura. Cuando yo veo todo eso en la GAN me pregunto: ‘¿Y tú, cómo estás viviendo? ¿Estás viviendo bien?’. Resulta que no. Eso es como que duro”.
Allí estaba frente a su propio espejo. Rota la vida en diminutos fragmentos que se escapaban todas las tardes. Quizás quienes pasaban por su lado ignorantes de cuanto acontecía se preguntaban quién era. Si le hubieran preguntado en ese momento, quizá ni ella misma lo hubiera sabido.
“Yo iba todos los días a la GAN y lloraba, lloraba y lloraba, porque a todas éstas yo no tenía dinero. Todo el mundo pensaba que yo era rica, pero no, todos esos cuadros tan grandes fueron hechos como se podía. Entonces me dio mucho dolor, porque yo le había ofrecido a la GAN como lo había hecho con el Museo de Bellas Artes que me compraran unas obras y yo donaba otras. La GAN me contestó que no. Me dijeron que ya tenían una obra mía, que les interesaba la instalación, pero que la instalación, no la compraban, y que no era por presupuesto. ¿Cómo era que con una exposición así la GAN no tuviera ningún interés? Qué absurdo. Envié una carta. Yo escribí una carta diciendo que no entendía cómo es que si me habían hecho una exposición tan bella, no les interesaba mi obra. Lo primero que tenían era por un Salón Michelena, por Fundarte. Algo que costó como seis mil bolívares. No costó nada porque era un premio. Un óvalo bastante grande. No sé, me parecía raro. Ellos decían que tenían toda mi secuencia.  Me pareció una crueldad horrenda. Se me salían las lágrimas y dije, pues, no pinto más. Me quedó también una gran tristeza. Veía la obra con una gran tristeza. No podía ni ir al depósito. Decidí que tenía que hacer una pausa porque me estaba matando”.
La muerte no llega antes de tiempo, eso dicen los rumores sabios de los habitantes de pequeños pueblos. Quizá porque están tan distantes de la agresividad y la violencia de las grandes ciudades que la muerte les llega tarde. Lo que sí es cierto es que no son los teóricos del arte los que deciden lo que trasciende, aun cuando en medio de sus falsos poderes abran y cierren los espacios, que son de todos, a su antojo. La trascendencia se logra de otra forma, quizá con una cuota que para algunos puede ser injusta, de sacrificios. Pero no son ellos los que descubrimos visualizando nuestra alma en sus obras, no son ellos los que cuando no pueden, porque ha crecido la angustia, porque hay dolor colándose en las paredes, son guiados por la mano de Dios para alcanzar el último trazo certero.
“Me metí a estudiar en 1999. Hice todo el básico de filosofía en la Universidad Simón Bolívar y me dediqué a dar clases. Di un semestre en la Escuela de Arte de la Universidad Central y después en la Reverón, donde doy clase de dibujo en el último año. La filosofía me reivindicó con mi trabajo, por supuesto. No pude continuar en la Simón Bolívar porque me sacaron del sistema. No pude pasar a hacer el examen para entrar en el propio postgrado, pero yo pedí equivalencia a la Central y me la dieron. Estoy haciendo mi segundo año de la maestría de filosofía y ciencias sociales. Estoy contenta, sin saber todavía dónde estoy, pero aprendiendo mucho. En el Instituto Armando Reverón doy clase de dibujo analítico, que es la medida respectiva. Yo nunca pensé que iba a dar clases de eso, pero bueno, lo hago y lo disfruto. Hice una exposición de los alumnos en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, hace algún tiempo, e hice un texto sobre línea, movimiento y vacío. Venezuela en Positivo publicó ese texto que sigue vigente. Yo tengo el archivo del trabajo de los muchachos. Cada uno va desarrollando eso, trabajan sus talleres respectivos, los va a ayudar a trabajar más sueltamente”.
En una serie se va la vida y María Eugenia nos ha dado la vida en una serie tras otra. Ella indaga hasta el último recoveco, se transita de principio a fin. Umbrales, Sabana y cuerda, Triángulos, Línea y movimiento, Hathor, Galerías, Saltos y tepuyes son sus series. Una puerta abierta a los ritos de una vida, que cambia cuando ya no tiene nada más que contarle. Y empieza de nuevo.
“El retiro de la pintura coincidió con que estaba saturada del medio. Saturada de que uno tiene que lidiar, luchar con ese medio y cuando eres mujer tienes que luchar más porque hay un problema, ser mujer y artista es terrible. Cuando uno está de cierta edad, entonces, uno como que ya no le para a eso. Yo a estas alturas de la vida creo que realmente me vacilo la situación, pero hay momentos en que uno no se lo vacila. Es muy difícil lidiar con el galerista. Siempre el galerista tiene que ganar y el artista tiene que perder. ¿Por qué carrizo? A mí me ha pasado que conoces personas, de afuera, de embajadas y te llevas unas sorpresas. Una señora me dijo, por ejemplo: ‘Ay, pero yo pensé que usted era bohemia, porque usted es artista’. Yo no soy bohemia. Soy súper clásica y muy conservadora”.
En el artista se busca la imagen de lo que todos queremos que sea. Porque es lo que no somos. Porque dice lo que no decimos, porque ve lo que no vemos. La equivocación está en que los extraños somos nosotros.
“Hay una imagen del artista de que tiene que ser un miserable, de que está loco por vender un cuadro porque necesita para comer. A uno le cuesta mucho vender su trabajo. Esa es una lucha terrible, todo lo que significa, lo que es la galería, la comercialización del arte. Esa es una cosa que no tiene nada que ver con el arte mismo, ni con el desarrollo del arte. Yo pasé un tiempo en que si me decían: ‘Tú eres artista’, casi, casi le daba un puño a la gente. La gente ha llegado a decirme las cosas más insólitas. Es tan desagradable, tan, tan miserable el trato. Llega un momento en que uno se satura. Yo nunca estuve trabajando con una galería fija, pero me fue pésimo. Así que comencé a vender en mi casa, yo tuve que poner el valor de mi trabajo, porque al arte es muy difícil darle un valor. Aprendí a darle un valor a la obra y a decir el valor que eso tenía. Te enfrentas a un coleccionista que viene a tu casa y que piensa que tú le vas a rebajar hasta el último céntimo, pero yo ya me sé todo eso. Lo viví, lo experimenté. Por eso me tomé una pausa. Yo trabajé mucho, produje mucho, trabajé como una loca. En París yo decía que era trabajar como un obrero cualquiera, porque trabajas las ocho horas diarias. El taller era como mi oficina y así lo hice. Tenía muchísima producción porque yo no me ocupé de vender, sino de producir y de investigar”.
Más de uno se pierde en eso. Lo terrible del arte es que se deposita en manos de cualquiera, buscando siempre que sea apreciado.

“El Estado venezolano debería hacer muchas cosas por las artes plásticas, nunca las ha hecho. La Cancillería siempre fue un caos, en ese sentido. Las cosas que organizaban no funcionaban. En 1982 organizaron una exposición muy buena. El agregado cultural logró muchas cosas, pero después he vivido cosas como que en 1993, ellos pretendían que yo mandara los cuadros para una exposición. Uno llamaba y en la Cancillería no sabían que tenían que pagarte el pasaje. Aprovechan a los artistas cuando los pueden aprovechar, por eso el caso de Soto. Ahora lamentablemente el Estado venezolano ha hecho lo que ha hecho, un ejemplo es que a la Escuela de Artes Plásticas le cambien el nombre de toda su vida. En fin, es un atropello como todo lo que se ha hecho. El Estado tiene que tratar que los artistas tengan condiciones favorables para producir porque una sociedad sin cultura no vale nada. Que tengan una base, porque hay artistas de diferentes niveles, hay un contexto muy amplio. Hay los que viven en un pueblo por allá metidos y el artista que va a Nueva York. El artista es un embajador del país. En un momento se dieron becas, se ayudó. Yo fui beneficiada por estas becas, pero eso llegó hasta allí y no se continuó. Si no se pueden dar becas hay otras maneras de suplantar eso. Quizá sería importante que existiera una fundación que se ocupe de hacer ese tipo de cosas. El artista puede hacer muchas cosas a nivel social, la docencia es un acto social, pero también se podría hacer un intercambio entre artistas suizos y venezolanos. Hay tanto que se puede hacer pero no existe la infraestructura. No existe y hay muy poca motivación. Menos ahora con toda la incertidumbre y el deterioro que ha habido.
Ahora lo que hacemos como docentes es poner a esos muchachos en la realidad. Los tipos son súper pilas, saben cómo son las cosas con las galerías. Hay que prepararlos para que se enfrenten al medio, para que no sufran tanto como nosotros, para que puedan manejar mejor la situación. Esa es la única manera. Todos los que estamos allí en la Reverón son los de mi generación. Está Víctor Hugo Irazábal, Luis Izarra, Octavio Rossel, Guillermo Abdala. Todos hemos sufrido la misma cosa”.
Desierto, Rambarami, El ojo del buey, Galería de la virgen, Juego de la pelota Chichén Itza, Puerta solar, Mentuhotep, Devata, Óvalo destruido. Los hijos se gestan, se paren, se crían y llega el momento. Se desprenden, se van, habitan otros espacios, pertenecen a quien en un acto de descubrimiento, dan lo que llevan dentro. Paisaje con círculo y Toma de conciencia, Rey sol, Pájaro de noche, Amon Re, Hathor, Entrada a templo con columna, Templo de las inscripciones. Los hijos de María Eugenia no se diferencian de otros. Esperan en sus propios espacios para prodigarse ante quienes los conocen. Ella, buena madre, sabe dónde andan, Galería de arena, Galería de la virgen, El observatorio, Galería del sol, Galería del vacío y tantos otros.
“Ahora estoy arrancando de nuevo porque me invitaron a una exposición, con Teresa Gabaldón que también es otra pintora compañera mía, mi amiga, mi compinche. En esta exposición también estará Gaudí Esté y será en la escuela de artes plásticas. Estamos invitadas por Alberto Asprino con un grupo de jóvenes que ya egresó de la Reverón, en un homenaje a Las flores de Narváez. Estoy muy contenta de retomarlo. No estoy utilizando óleo por supuesto, estoy utilizando acrílico. Mis pulmones no se llenan, ni sacan todo el aire completo, lo que sucede es que gracias a Dios como yo hago yoga y siempre he sido activa, me gusta hacer ejercicio, he podido superarlo, sino estaría quién sabe cómo”.
Hay un mundo allí, hecho forma, color, dimensión. Otra dimensión que va abriendo el pincel en su trayecto para dejarnos ver a través de él como quien ve a través de una rendija y es capaz de descubrir que hay otro planeta. Una memoria eterna donde se detiene la luz, aferrada a un espacio que no la dejará escapar y que hará de ella una especie de postal que de tanto verla somos capaces de llevarla en nuestros bolsillos, aunque sus dimensiones sean casi inalcanzables y en medio de esas capas superpuestas surja ella, quede ella, desprendida del óleo, pero amarrada a sus ideas.




1 comentario:

Aureliano dijo...

Etupendo artículo en excelente blog. Presenta la visión sincera y llana de una artista que ha vivido las angustias de su género sin perder la perspectiva del "ahora", ese lugar mágico donde solamente es posible encontrar a la Creación.